Emiliano Becerril, en el suplemento cultural de la Jornada dominical de 20 de marzo de 2011, publica un excelente ensayo intitulado “El animal del lenguaje”:
“[…] Un acento existe y, aunque no se apegue a cabalidad a las reglas gramaticales, viene acompañado por un legado histórico. Lo mismo puede decirse sobre cualquier característica del lenguaje cotidiano, ya que los “errores” de éste son los que están haciendo historia. Las palabras que parecen estar mal dichas o escritas son valiosas porque encierran en sí mismas los vericuetos de la evolución del lenguaje, para atrás y para adelante. La identidad de una palabra está echa por todas sus letras y acentos.”
El dominio del lenguaje lleva sin duda alguna al placer; lleva a la verdad de las cosas, porque lleva a la diversión de la anfibología, donde podemos ver lo dúctil y doble de la herramienta con la cual hemos construido (supuestamente) la civilización.
Por eso la importancia de no dejar jamás de insistir en conocer nuestra “gracia” como seres humanos, nuestro “chistecito”, que es la doble articulación fonética para dar con un lenguaje. Es un deber pulirlo y conocerlo. Es cuestión de humanidad.
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[] Noticia: El animal del lenguaje