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domingo, 2 de octubre de 2011

Imprudentes afirmaciones.

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            Deslucida y apagada la penúltima novillada en la Plaza de Toros México, por lo que se afirma que es un fiel reflejo de lo que ha sido esta temporada chica que agoniza. Empero, esta tarde y en contra de los pronósticos de triunfo de la materia prima, los novillos de la ganadería de Los Encinos resultaron débiles, descastados y sin estilo en la embestida, a excepción del primero de la tarde -69 Julio Agosto 07 386 Kg.- que tenía un pitón derecho potable y que tocó en suerte al capitalino Manolo Olivares, quien aprovechó ese buen estilo de su primer enemigo, y además de algunas buenas tandas por la derecha, se destacaron sus bellísimas gaoneras. Y sin embargo en la suerte suprema erró al dejar media estocada bien colocada previa a un pinchazo y sin ser suficiente, mató al primer golpe de descabello.

            Por lo demás solo datos anecdóticos: los otros dos alternantes fueron el tlaxcalteca Antonio Galindo, y el colombiano Leandro de Lucía, que tuvo la mala fortuna de enfrentarse a un novillo que apenas inició el trasteo con la muleta se echó y no volvió a poner patas en la arena, lo que evidenció el exceso de puya y la ya de por sí poca fuerza que acusó desde que saltó a la arena. Ante esta penosa escena se estuvo en la necesidad de apuntillar al exhausto cornúpeta, lo que debe ser razón para hacerle un minucioso estudio a sus restos mortales.

            Ante este tétrico escenario, salta a la vista la editorial plasmada en El programa, publicación distribuida en la Plaza México, donde se hace relación de lo que ahí llaman “[…] pseudo-aficionados y reventadores, cobardes que se refugian en el anonimato, que gritan sus tonterías solo por molestar o quizás por algún mezquino interés…” Al respecto es oportuno hacer las siguientes precisiones:

            Es incorrecto a nivel semántico tildar de “pseudo-aficionado” a quien grita “toro”, cuando no le gusta la actuación de un torero o cree que no estuvo a la altura de la calidad o condiciones del burel. Incluso aunque fuese una animadversión personal hacia el coleta, eso no puede colocar a una persona en la calidad de falso aficionado, es decir, aquella persona que muestra una ilusoria inclinación o gusto por la fiesta brava, pues en la especie estaríamos hablando de un trastornado mental ¿Quién en su sano juicio ocurre de forma asidua a una corrida de toros, pero en su fuero interno sabe que no tiene una inclinación o gusto por esa actividad? Se deben cuidar las palabras e ideas que se insertan en un texto.

            La idea de que los aficionados que gritan “toro” son unos pusilánimes refugiados en el anonimato deviene en absurda, pues de la interpretación que se haga de esa idea podría decantar en que está proscrito el vociferar opiniones (estén o no fundamentadas) en un espectáculo público por tener estas el carácter de anónimas, es decir, se tiene la obligación –así sea en un espectáculo público- de establecer por escrito cualquier sentir del público asistente, so pena de ser descalificadas y tachadas de cobardías y estolideces. Un total sinsentido.

            Hacer hincapié en la contradicción de llamar cobardes anónimos a los que gritan en los tendidos de la plaza, pero dejar sin firma la editorial en comento. Estamos de acuerdo que la editorial de una publicación no debe tener la exigencia de estar firmada. Pero cuando se hacen alusiones personales y se acusa de forma temeraria como se hace en la publicación en comento, se debe tener la ética profesional para comparecer y poner el nombre de quién suscribe, tal y como acontece en el calce de la presente.

            Por último, esa misma editorial hace las veces de adalid de los novilleros que han comparecido en esta temporada y en especial de César Ibelles y Salvador López. Y más allá de una defensa congruente lo que hace es denostar a los jóvenes pretensos matadores, pues justifica su incompetencia bajo la falaz idea que es consecuencia de sus pocas tardes toreadas, por lo que debemos tolerar todo tipo de defectos y abulia; y aun se solicita el apoyo incondicional hacia los novilleros, como si fuesen ellos incapaces, atenciones propias para tarados mentales. Creemos que si los coletas se presentan como profesionales de una actividad deben actuar en consecuencia, en especial en un lugar donde se cobra por entrar para apreciar un espectáculo serio.
Gutiérrez González Mauricio.

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