Se celebró la vigésima corrida de la Temporada Grande 2010-2011 de la Plaza México, que gozó de dos características que la distinguieron. Lo primero, que fue el cerrojazo de la Temporada, una campaña llena de triunfos para los toreros hispánicos y galos; y donde los mexicanos (en su mayoría) brillaron por su falta de técnica e interés por tener un triunfo.
La segunda peculiaridad es atinente al cartel anunciado, pues las alternantes fueron tres mujeres, cosa rara en el mundo de los toros. Además, Mari Paz Vega, la torera con más años de alternativa, concedió la misma a la hasta ese momento novillera Lupita López, y como testigo (algunos dirán testiga) Hilda Tenorio. El festejo tuvo como marco, celebrar el Día internacional de la mujer, y de paso apoyar a una asociación que dedica sus esfuerzos a prevenir y detectar el cáncer de mama.
Demos paso a lo único que importa en un festejo taurino, que es la tauromaquia expuesta por las toreras. Sin poner pretextos banales, debemos admitir que fuera de algunos pases aislados y unas buenas tandas por naturales de la española Vega, no se vieron ni arte y menos técnica. El valor en un doble aspecto: primero enfrentarse a un animal de más de media tonelada, no dudamos que sí lo hubo y mucho. Pero en quedarse quieto(a) enfrente del toro, para así ligar el toreo en redondo (la única vertiente que en estos tiempos gusta), en ese sentido, el valor estuvo del todo ausente.
Lo lamentable es que el criterio con que se juzgan las faenas de un torero al de un a torera, no es el mismo, aún cuando estrictamente debería serlo. La oreja otorgada a Lupita López fue completamente inmerecida, pues al burel lidiado en primer lugar que le cedió la española, no logró darle una sola tanda ligada y con temple, y sobre decir que el espadazo no fue ejecutado de forma ortodoxa.
En el caso de Mari Paz Vega, logró cortarle dos orejas a su primer enemigo. Con un buen toreo, despacioso en ocasiones, pero que también perdía el temple del muletazo mató bien en general, empero los dos apéndices fueron excesivos. Y esto se origina a partir del excesivo reconocimiento a la mediocre labor de López; porque en definitiva el toreo de la española estuvo mejor estructurado, entonces pues, se tenía que dar mayor reconocimiento. En su segundo astado, que en verdad tenía genio y dificultad para lidiarlo decidió pasaportarlo de forma cobarde, sin siquiera probarlo. Que dicho sea de paso, también muchos coletas hombres hacen lo mismo, ante un verdadero galimatías.
Por último y lo más deleznable fue el toreo de la michoacana Hilda Tenorio, que recibió muchas palmas ante su decadente toreo. Tal vez esto se deba a que es una consentida de la Plaza, pero si somos honestos, esa tarde pareció que ella era la novel torera. Cada muletazo que daba venía seguido de hasta cinco pasos para enmendar su posición (ya lo hemos dicho, entre menos pasos, más pases). Es imposible realizar una faena ligada con ese defecto que origina otros, como la falta de temple. Y además se atrevió a regalar otro toro que lo desperdició al igual que a su segundo.
Muchos pensarán que en la temporada que concluyó, hubo varias tardes igualmente de frías, desangeladas y sin arte. Lo que en esta tarde llamó la atención fue el juicio ligero que el público hizo de las faenas. Las toreras nunca escucharon pitos, aún cuando se le fue vivo un toro a López; que Tenorio no pudo ligar una sola tanda; y que Vega se acobardó con su segundo. Todo parece indicar que la supuesta igualdad de género, no asistió a la plaza, porque creemos que los trofeos ganados por las toreras, se concedieron solo por lástima, creer que ya es un logro monumental que una mujer se enfrente a un toro, pensar que cualquier muletazo que le pegue, será hasta un éxito que raya en lo excesivo. En pocas palabras, mirar de lado el toreo de una mujer.