Digno resumen de los hechos sucedidos el domingo dieciocho de septiembre en la Plaza de toros México. Por lo que sería oportuno omitir el nombre de los dos abúlicos novilleros que más pareciera obligación y no convicción la que tenían para pasaportar a sus dos enemigos. Empero, por ser de importancia la estadística y la memoria histórica, y con estos dos elementos evitar la promoción (por desconocimiento) de sujetos grises que desalientan la asistencia de la afición a los cosos mexicanos, nombraremos a los otros dos coletas con esa intención: los capitalinos Rodrigo Hernández Larios, y Paulo E. Campero Manríquez.
En contraste, el neoleonés Alberto Valente Olvera Martínez, con gran valor y afán de triunfo y convertirse en un verdadero matador, alegró al exiguo público ocurrente y aunque le falta ligar el toreo (acomodarse entre pase y pase), dejó una grata sensación; con más clase en su segundo de nombre Alfarero con número 74 y nacencia en octubre de dos mil siete.
El novillero Valente recibió al astado a porta gayola y dio un excelente afarolado, y refrendó la dosis con el mismo éxito. Ya de pie, aprovechó la alegría con la que salió el de Rodolfo Velázquez y quitó por chicuelinas y terminó con una revolera con la que se enredó al burel –que humillaba con clase- por la faja. Después del encuentro con el caballo, repitió el mismo quite que fue igual o más vistoso. Con los palitroques estuvo mal y de malas, los colocó desigualados y traseros, lo que debería hacerlo cavilar en la conveniencia de no cubrir el segundo tercio. En la faena de muleta –donde molestó el viento- dio buenas tandas por derecha y a media altura, lo que pedía el astado por su justeza de fuerza. En contraste, los mejores pases que dio por ambos lados, y que fueron largos y bien templados, siempre fueron aislados y de forma lamentable no pudo ligar esos pases que con tan buen sabor de boca dejó al público. Para su infortunio e imaginamos que se aúna la poca práctica con la toledana, malogró sus dos faenas que presumimos hubieran sido otorgadas sendas orejas. Y aquí insistimos en la miopía y (vid Ni toros, ni toreros, en esta misma página.) conformismo de la afición, que ávida de ver un triunfo no escatima en tocarle palmas al novillero, aún cuando falló en el acto que da nombre a su profesión.
Finalmente debemos insistir en ese individuo gris, Rodrigo Hernández, que agrupado con otros novilleros intentan establecer la tiranía del toreo mediocre, carente de valor, honradez y arte, para que una vez que esté acostumbrada la afición, se asiente la falsa creencia que no existe otro tipo de toreo. Tengamos consciencia y memoria histórica.
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