Durante el siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII, los pensadores dominicos y jesuitas se enrollaron en una discusión sobre la gracia (“de auxiliis”) y su papel en la vida del hombre; los dominicos favorecían una visión que recalcaba el papel magnánimo de Dios al ofrendar sus dotes al humano; los jesuitas, por su parte, recalcaban el papel del libre albedrío del hombre, y quizás rayaron en el “merecimiento” de la “gracia” (que por definición, al ser gratuita, no tiene contraprestación, como pudiera ser el merecimiento).
Ahora que recordamos en este espacio al maestro y abogado José Vasconcelos, y que citamos a su Ulises Criollo, parece interesante retomar este fragmento de su vida:
“Asistimos juntos (con mi tía) a las conferencias-sermones del jesuita mexicano Díaz Rayón […] Usaba una dialéctica vigorosa, de asceta enjuto y fuerte, pero duro […] Quizá yo iba dispuesto a reconocer la grandeza de la revelación y aún a entregarme a ella; pero quería hacerlo sin coacción. Me molestaba, le dije, el abuso que la Iglesia hace de la amenaza y el anatema: quería que las obras justificaran con primacía sobre la fe. Si un hombre era bueno se salvaba aunque no creyese; si era malo, se condenaba aunque confesase todo el credo. “No puedo aceptar –le dije- un Dios menos bondadoso que yo, y no sería yo capaz de condenar para siempre a un pobre diablo, bastante tonto para no ver lo que a un iluminado parece evidente”. Hallaba una injusticia fundamental en la teoría de la gracia. El padre famoso no tuvo tiempo o no tuvo simpatía para mis dudas; me dijo que estaba imbuido de orgullo y vanidad y que era inútil toda discusión; me desahució con gran pena de mi pobre tía […]”
Más adelante señala que cuando descubrió la antigua discusión “de auxiliis”, pudo reconciliarse mejor con la idea de que nada original ni brillante le dijo al padre jesuita.
Podemos retomar un poco la visión de Vasconcelos, y aplicarla a nuestra cotidianeidad (que por lo demás, fue un sentido que el guardó de forma poderosa: tocó abismos de carnalidad con tan devota religiosidad, que pudo entender a la perfección lo que debía ser una educación laica, y no anticlerical). Según algunos sectores de la sociedad, los narcotraficantes, y todos aquellos que se relacionan con ellos, merecen morir. Por andar “en malos pasos”, reciben su merecido de parte de las autoridades, o de narcotraficantes rivales. La gracia de la vida se gana; ellos, con toda evidencia, no la han ganado.
Vasconcelos no cedía ante el Dios del “merecimiento”. ¿De qué forma podemos creer nosotros en la autoridad del gobierno o de otros criminales para dispensar ese juicio sobre la vida y la muerte?
Al menos el juicio de Dios lo presupone con bondad e infinita sabiduría; su crueldad no estaría mal dirigida. ¿Y la del gobierno? ¿Y la de los criminales?
¿Pero qué tonterías creemos como para siquiera concederles el beneficio de la duda, y justificar que anden por ahí matando mexicanos?
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